| El empresario |
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La música que retumba y la única luz de una calle estrechada por los edificios llaman la atención. En la puerta un hombre conversando con una mujer. Él con campera de cuero, fornido, inamovible y de sonrisa reservada. Ella baila al ritmo del regeeaton. Hablan, pero él pretende ignorarla. Ella parece divertirse. Con $15 pesos se puede pasar y acceder a una cerveza casi fría en vaso de plástico donde cabe una Quilmes de 750 cm3. Por Gonzalo Soloaga – Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla 27/06/09 De no ser por la música y las carcajadas de la moza de la barra que se apagan al ver una cara desconocida, el lugar podría confundirse con un calabozo. Penumbra interrumpida por el destello de las unas luces de neón y el cartel verde que indica la salida. Las miradas recorren los cuerpos desconfiando. Alguien se acerca. Es una joven, de remera ajustada y short corto. Toda de blanco. Un blanco que se enciende por el tubo fluorescente ubicado sobre la pared en el medio de la planta baja. Al pasar procura establecer un contacto físico, un roce. Los hombres la tocan, la agarran, ella promete volver. El calor del interior del “bar” da sed y al poco tiempo la cerveza no alcanza para saciarla. En el baño las cabezas inclinadas se incorporan intempestivamente y un fuerte ruido con la nariz hace desaparecer el polvo blanco. No hay vergüenza. No hay nada que esconder. Parece que no es el baño pero lo es. Con la luz encendida, los ojos se rodean de cuerpos. Cuerpos jóvenes, cuerpos no tan jóvenes y cuerpos viejos. El tacho de la basura hace de depósito de papel glasé y de pequeñas bolsitas de polietileno. Al salir, una chica que bajó por la escalera, tomó de la mano a un hombre y lo condujo hacia arriba. En el primer piso una joven improvisa un baile sensual que congrega a elementos dispersos. Motoqueros, taxistas, policías, ladrones y otros, hacen palmas al compás de la música que insinúa movimientos de cadera. Ella con la vista puesta en un punto fijo de la nada se menea. Ellos también, como en un ritual, alrededor de ella. En el otro extremo una mirada distingue un cuerpo de los demás. Un hombre que cercado de otros tres parece vigilar todo con gran atención. Absolutamente todo. Los demás le hablaban. El escucha o parece hacerlo. Pero sus ojos y su concentración están en el negocio. La noche pasa al igual que la música. Ellas en los regazos de ellos ofician de mozas de bebidas y narcóticos. Su conversación, su tiempo, su presencia, ellas mismas cuestan un trago, que de acuerdo a su preferencia y triste habilidad parte de $25. Ese cóctel habilita a la fantasía de que propuesta económica mediante, ellas accedan a alquilar su cuerpo. No todas lo hacen. Todo depende de quien propone, el cansancio, la comisión del día, el momento del mes y otras variables de las cuales ninguna es más determinante que la cantidad de cuentas a pagar, o las demandas insatisfechas de “Brian” o “Axel” que en el antebrazo izquierdo o en el omóplato derecho no se dejan olvidar. Hasta el amanecer ellas le pertenecen a él y a su negocio. Luego, la explotación más aberrante ya no tiene mediador y se da del modo más claro. El hombre por el hombre. Una vez en la calle muchas se van en grupo, un poco por la soledad, otro tanto para procurarse seguridad y porque no un poco de consuelo. Saludan a las que acompañadas de uno o más hombres tienen que seguir. Ahí las puso la sociedad. Y ellas no defraudan. Pese a los rostros de resignación saludan y más resignadas se van. La despedida es similar a la de una madre frente a un hijo que tiene que ir a la guerra. No hay certezas de volverse a ver pero convencimiento de que la batalla dejará heridas imborrables. En el cuerpo, en la memoria, en el corazón. A esa altura, y con los hombres que aún se resisten a la retirada, la demanda es mayor que la oferta, y la escasez junto a la droga y el alcohol promueven batallas campales. En ese momento aparece la organización. Muchos que parecían circunstanciales “clientes” expulsan, golpean y patean a los primeros garantizando el negocio. El negocio de él. El jefe. Una vez que adentro no quedó nadie y afuera solo hay sangre derramada y cuerpos tendidos en los alrededores, algunos sin calzado, otros con junto a un vaso, pero todos rendidos, él sale. Sube a su vehículo último modelo, dobla hacia la derecha, a las tres cuadras –en la esquina del Departamento Central de la Policía Federal- dobla a la izquierda y se pierde entre el tráfico como un empresario más.
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